Cuando era niño, pasé varios veranos en Mauritania. Mi padre trabajó allí algunos años y para mí aquellos meses estivales, que esperaba con ansiedad bajo el cielo plomizo de Galicia, eran mi oportunidad de pasar tiempo con él.
Por aquel entonces tenía siete u ocho años, para un niño de esa edad África era un lugar de ensueño. Viviendo en Vigo, donde con suerte había diez días de sol en todo el mes agosto, viajar a un lugar donde la temperatura no bajaba de 40º C era todo un shock.
Tengo un vívido recuerdo de las noches africanas. Casi no había poblaciones y las pocas que había se limitaban a algunas modestas viviendas que apenas arrojaban luz al exterior. Una miríada de estrellas de la Vía Láctea decoraban el cielo, un espectáculo sobrecogedor cuyo recuerdo aun me emociona.
Me vienen a la memoria viajes nocturnos en coche, con mi padre, atravesando carreteras interminables, el desierto rodeándonos, esquivando dunas que cambiaban de posición de un día para otro como sibilinas serpientes acechando a su presa… Cuando miraba al horizonte, tupido y oscuro, en ocasiones acertaba a ver el reflejo de los ojos de algún chacal pululando por la arena a la búsqueda de una rata del desierto.
Me gustaba mirar a mi padre conduciendo, la mirada fija en la carretera, el ceño fruncido y un cigarrillo colgando desmadejado en la comisura de los labios. Maldito tabaco. Todavía hoy me pregunto si fue el responsable de su pérdida…
Mi padre tenía un Cintroën 2 Caballos, era estupendo, estaba refrigerado por aire y nunca se calentaba, la amortiguación era increíble y superaba las dunas que invadían el asfalto con gracia y elegancia. ¡Qué coche! ¡Me encantaba viajar en él!
Vivíamos en Nouakchott y La Güera, que entonces era territorio español, estaba sólo a unos 35 kilómetros, de modo que a veces nos acercábamos hasta allí para cambiar de aires y visitar algunos amigos. Aquello era un viaje en toda regla: ¡Teníamos que pasar la frontera entre dos países! El agente de aduanas mauritano solía intentar abrir la puerta izquierda trasera, que en el tiempo que pasé en Mauritania nunca funcionó, así que todos decíamos al unísono “pour le otre cooté”… ¡Qué coche! Para mí, pensar en ese coche es evocar África.
Mi padre era una persona muy sociable y siempre hizo amigos allá donde estuvo. En África conoció a mucha gente distinta pero todos parecían apreciarle por igual. En una ocasión un comerciante mauritano invitó a mi padre a comer cabra, era tradición matar una cabra y asarla con la familia y amigos.
Era domingo y la playa nos obsequió un impresionante panorama. La marea estaba baja dejando al descubierto una inmensa explanada repleta de cangrejos ermitaño que arrastraban sus conchas por la orilla con frenética actividad, pequeños hombres de negocios del mar acudiendo a sus importantes citas…
Fue un día mágico corriendo en bañador de un lado para otro, bañándonos en la orilla, jugando a la pelota, sentados alrededor de la leña contemplando el fuego… En la vida hay episodios especiales que dejan una huella profunda y recuerdo aquel momento como uno de los más felices de mi vida.
Cuando terminó la jornada descubrimos que nuestro 2 Caballos tenía una avería, la amortiguación de la rueda delantera derecha había roto y estaba levantadísimo de manera que si mirabas al coche desde ese lado no se podía ver el sillón del conductor. Los adultos discutieron que hacer. Tras breves deliberaciones concluyeron que lo mejor sería que un amigo de mi padre, jovial y ligero de peso, fuera el responsable de conducir el coche de vuelta a casa.
Mis hermanas y yo volvíamos en el coche de unos amigos, miré a través de la ventanilla y contemplé la extraña imagen de nuestro 2 Caballos inclinado, viajando orgulloso y gallardo por el desierto.
Ya de vuelta en casa, se reunieron todos a tomar unas cervezas, estábamos alegres y animados, los niños jugábamos en el patio y se escuchaban risas y bromas. Entonces llegó un amigo de mi padre, venía algo excitado y, tras saludar atropelladamente al grupo, exclamó:
- Aurelio ¡He visto tu coche circulando por el desierto sin conductor!
Todos estallaron en una carcajada… ¡Que coche!